Así comenzó aquel sábado de enero, en una casa de dos pisos por la South Flores, con las persianas a medio cerrar y un olor a tamales que todavía flotaba desde Navidad.
—¿Cuántos ya tenemos? —preguntó don Raúl, que llenaba la cocina sin pedir permiso, como siempre hacía.
—Once —dijo Lidia sin levantar la cabeza.
—¿Y cuántos cabrones de esos nos van a votar de verdad?
Esa era la pregunta. Don Raúl, el eterno operador, el que llevaba veintidós años pegando calcas en los postes de luz, no creía en nadie. Lidia, en cambio, cargaba algo más peligroso: una lista de once jóvenes, su celular en silencio y el encargo de llenar un salón con doscientas personas en catorce días.
El encargo se lo habían dado un jueves. Tras el fiasco de noviembre, cuando la organización perdió la alcaldía por más de dieciocho mil votos, el jefe reunió a los veteranos en una bodega por la Zarzamora y soltó una sola frase:
—Necesitamos caras que la gente sí quiera mirar.
Nadie lo aplaudió. Entre los asistentes estaba don Raúl, que conocía a todos los alcaldes de los últimos cuarenta años y que fue el único que se atrevió a decir:
—Y necesitamos dejar de hablar como en un noticiero, también.
Lidia pensó lo mismo. Por eso, tres días después, organizó la primera junta en una librería usada por la Hildebrand. Doce sillas rojas, un pizarrón y una cafetera de veinte dólares. Les llamó “Los de la libreta”, aunque el nombre no duró ni una semana.
Ella no era política de carrera. Lidia Valdez había estudiado contaduría en el community college, trabajaba medio tiempo en la clínica dental de la Commerce y, desde hacía cinco años, hacía campañas puerta por puerta como quien va a misa: por compromiso con su papá. Él decía que el voto latino no se regala, se organiza.
Pero el papá ya no estaba. Y el partido de él, el de los teléfonos rotos y las asambleas con desayuno de huevo con chorizo, se estaba vaciando. Por eso le entregaron la bodega, los listados y un presupuesto de mil novecientos dólares.
El primer muchacho que reclutó se llamaba Diego Fontana, un maestro de historia de veintinueve años en la preparatoria Edison. Ella lo buscó un martes a las seis de la mañana, lo esperó en el estacionamiento con un café de la gasolinera.
—No sé hablar en público —dijo él, con la mochila colgada de un hombro.
—Por eso te quiero —respondió Lidia.
La segunda fue Andrea Suárez, una agente de bienes raíces que tenía doce mil seguidores en Instagram y un chiste para cada situación. Al principio se negó, pero terminó en la lista por un tuit que se volvió viral: “¿Y si por primera vez ponemos a alguien que no nos deba dinero?”
Luego llegaron los demás: un técnico de rayos X, una cajera de la Michoacana, un veterano de la marina, una sobrina de un regidor caído en desgracia. Una mezcla rara, sin foto oficial ni saco prestado.
Don Raúl los miraba desde el fondo del salón, con los brazos cruzados.
—Esto no es un casting —murmuraba.
—Eso espero —le respondía Lidia, sin ponerse de pie.
La noche del ensayo, catorce días antes del mitin, faltaban cuarenta y tres sillas. Habían hecho juntas en el sótano de una iglesia metodista por la Fredericksburg, en la paletería de un primo de Andrea y en la sala de un hotel por la Loop 410. Los muchachos ensayaban respuestas con un reloj de cocina sobre la mesa. Diego aprendió a no mirar la pantalla. Andrea aprendió a quitarse el teléfono del bolsillo. La cajera de la Michoacana, que se llamaba Nydia, le contó a Lidia que su abuela la escuchó por la ventana y creyó que estaba discutiendo con un cobrador.
Nada de eso importaba si no llegaban los doscientos.
—Los viejos no van a venir —avisó don Raúl un viernes.
—No son para los viejos —dijo Lidia.
—¿Entonces para quién?
—Para la hija de los viejos.
Esa frase se quedó en la bodega, rebotando.
El día del mitin cayó un aguacero. De esos que duran cuarenta minutos y dejan las calles llenas de ramas. Lidia se estacionó a dos cuadras, porque la fila de camionetas ya llegaba hasta la avenida. El toldo blanco de la panadería se había volado. El sonido se alimentaba de una extensión amarilla que atravesaba el estacionamiento como una víbora.
—¿Vinieron? —preguntó Andrea, mojada hasta las pestañas.
—Sí —dijo Lidia—. Pero no los del partido.
—¿Quiénes?
—Los que ustedes invitaron por teléfono, por sus cuentas, por el grupo de mamás del equipo de soccer.
Cuando las puertas se abrieron, el salón se llenó de chamarras mojadas y vasos de café. Lidia contó una vez y luego encargó a dos sobrinas que contaran el doble. El número: doscientos trece.
No todos eran votantes registrados. Algunos ni siquiera vivían en el distrito. Pero estaban ahí, y escucharon. Diego habló de su abuelo, de las colonias sin drenaje, de una profesora que no cobraba desde octubre. Nydia habló del salario de la cajera, de la renta que subió doscientos dólares. El veterano de la marina no habló de la guerra; habló de la clínica que cerró por la San Pedro.
El video que tomó un muchacho con un iPhone llegó a quinientas reproducciones en una hora. A la mañana siguiente llegó a ocho mil. Y con él, los mensajes.
Don Raúl fue el primero en pararse frente a Lidia, un lunes por la mañana.
—¿Sabes lo que están diciendo en la oficina, muchacha?
—Me imagino.
—Que nos están metiendo gente sin apellido. Que tú no tienes permiso para tanto. Que te salió de gratis.
Lidia no levantó la voz.
—Mi papá siempre dijo que el apellido no llena sillas.
Esa semana los once se juntaron en casa de Andrea. Sobre una mesa de cristal pusieron tres laptops, una bolsa de pan de canela y una lista de veinte preguntas. Practicaron respuestas de treinta segundos. Ya no reían tanto. Ahora mordían.
Fue Andrea quien descubrió lo de la junta.
—Adivinen quién va a encabezar la lista de regidores —dijo, enseñando la pantalla de su teléfono.
Era un sobrino de un ex comisionado, con traje azul y sin ninguna reunión de colonos en su historial. Lo habían presentado como “rostro joven”, pero el rostro joven tenía cuarenta y cinco años.
—¿Y nosotros? —preguntó Nydia.
—Nosotros somos el relleno —dijo Diego.
Lidia tardó en reaccionar. Miró su pluma azul, la misma de la primera junta. Se puso de pie.
—Ustedes no son relleno. Ustedes son el comienzo.
Esa noche, don Raúl la esperó afuera de su casa, sentado en su troca con la ventana abierta.
—No te van a dejar entrar, muchacha.
—Ya sé.
—¿Y?
—Y no voy a pedir permiso.
Entonces, sin que nadie se lo pidiera, Lidia hizo algo que no venía en ningún manual: convocó a los once a una conferencia en una cafetería por la South Alamo. No era un mitin. No era una rueda de prensa. Era una junta vecinal.
—¿Ése es el partido? —preguntó un reportero joven.
—Éstos son los candidatos que van a tocar puertas —dijo Lidia—. Y ya no van a pedir la bendición de nadie.
Allí se enteró la ciudad. Y con ella, la oficina central. Las llamadas no tardaron.
—Estás fuera —dijo la voz al teléfono.
Lidia no preguntó quién hablaba. Colgó.
Dos semanas después, el periodista del noticiero de las diez la grabó afuera de la panadería, mientras ella entregaba una hoja con el plan de gobierno vecinal. No traía saco. Traía una carpeta verde, de esas que se compran en la papelería por dos dólares.
—¿Usted aspira a algo? —le preguntó el periodista.
—A que ninguno de los once vuelva a hacer campaña por compromiso.
—¿Y si la corren?
—Ya me corrieron.
Esa misma noche, el periodista publicó una historia en el sitio del canal. La titularon “La lista de Lidia”. No mencionó a los veteranos. No mencionó al partido. Solo habló de la maestra que no cobraba desde octubre, de la renta que subió doscientos dólares, del toldo que se voló con el aguacero.
Y de un salón con doscientas trece sillas ocupadas.
El miércoles de la siguiente semana, Lidia entró sola a la bodega. Don Raúl estaba al fondo, sentado sobre una caja de volantes viejos.
—¿Ya viste el video? —preguntó ella.
—Lo vi —dijo él.
—¿Y?
—Está mejor que el del partido.
Se miraron un momento. Luego don Raúl se levantó, escupió su chicle en una servilleta y tomó una hoja de la lista de peticiones de los vecinos.
—¿Dónde se junta esta gente? —preguntó.
—El sábado, en la paletería. Once en punto.
—Yo llevo las sillas —dijo él.
Y así quedó. Sin apretón de manos, sin discurso. Sólo una hoja arrugada y una cita en una paletería por la Hildebrand, a las once de la mañana, cuando el sol pega de lleno en los postes y las palomas se pelean por una migaja de pan dulce.