El vestido que Valentina soñó desde los doce años

La noche del prom Valentina se puso el vestido azul marino que llevaba once meses colgado en la puerta del clóset. Lo miraba cada mañana desde la cama del hospital en casa, entre tubos de oxígeno y frascos de pastillas, y decía que lo iba a estrenar bailando. Aquel sábado, cuando por fin se lo puso, mi esposo tuvo que ayudarla con las correas del tanque portátil para que no se le marcaran debajo de la tela. Ella se tocó la peluca rizada en el espejo del pasillo y se echó a llorar sin ruido. No quise abrazarla para no arrugarle el vestido.

La renté una limusina blanca con un chofer cubano que se llamaba Reinier. Me costó trescientos veinte dólares por cuatro horas, lo ahorré de puras propinas del restaurante. Valentina iba en la parte de atrás con las piernas dobladas, el tanque en el asiento del copiloto, y de pronto gritó:

—¡Mami, pon más fuerte esa canción!

Reinier subió el volumen de una bachata y manejó despacio por la avenida, como si llevara a una reina. En el estacionamiento del centro de convenciones de Bakersfield había globos dorados y un arco de luces. Se bajó con la ayuda de su papá, acomodó la falda, y vi que apretaba los dedos contra la rueda de la silla. Llevaba puestos los aretes de su abuela, unos aros pequeños que brillaban con las luces del gimnasio.

A las ocho y veinte entramos por la puerta principal. El salón olía a pollo con mantequilla y a perfume dulce de farmacia. Valentina se detuvo justo en la entrada, debajo de un letrero que decía “Una noche inolvidable”, y respiró hondo. Al otro lado sonaba una canción de Bad Bunny y las parejas bailaban pegadas. Un grupo de muchachos de su grado se dio la vuelta. Uno la señaló con el mentón. Otro le dio la espalda para seguir con una muchacha de vestido rojo.

Valentina saludó a una amiga de química, pero la amiga se tardó unos segundos en acercarse. Le dijo que no le habían guardado asiento porque no confirmó a tiempo. Mi hija sonrió, se acomodó el tanque bajo las piernas y se quedó mirando la pista. Yo me quedé de pie junto a la mesa donde pusieron la fuente de chocolate, apretando una servilleta doblada.

Cuando el DJ anunció la canción lenta, una de las chaperonas del comité apagó la mitad de las luces. Valentina se quedó al borde de la pista, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Las parejas se abrazaban. Ella seguía el ritmo con el pie, un vaivén mínimo que casi nadie notó.

Entonces un muchacho alto, de saco azul y tenis blancos, se despegó de la barra de refrescos. Era Dani Rojas, el quarterback del equipo de la escuela, el que iba a estudiar en la Universidad de Arizona. Venía caminando con un vaso de ponche en la mano, lo puso sobre una mesa y se detuvo frente a mi hija. Levantó la mano. Alguien detrás de mí soltó un silbido.

—¿Bailas, Val?

Valentina lo miró hacia arriba. Se tocó la peluca.

—¿Yo? —preguntó.

—Sí, tú.

Ella asintió y Dani la llevó a la pista. Le puso una mano en el hombro y con la otra empujó la silla despacio, describiendo un círculo al compás de la música. Le hablaba bajito, no sé qué, y mi hija se rio. La pista entera los miraba.

Fue ahí cuando una voz salió desde el rincón de las mesas, cerca de donde estaba yo parada.

—¡Dani, no encontraste nada mejor!

Unas risas. Luego otro muchacho, con el teléfono en alto grabando:

—¡Esa ni siquiera puede caminar!

Los brazos de papá se tensaron a mi lado. Valentina no soltó la mano de Dani, pero dejó de reír. Bajó la mirada, con los dientes apretados.

Dani se inclinó y le dijo algo al oído. En ese momento pensé en sacarla de ahí, regresarla a la limusina y pedirle a Reinier que nos llevara a comer helado a la gasolinera. Pero Dani le puso la mano en el respaldo de la silla y la giró hacia el escenario. Le hizo una seña al DJ. La música paró.

Tomó el micrófono.

—Un momento —dijo. La banda de tela negra se le pegaba al cuello—. No terminé de bailar.

Un murmullo cruzó el salón. La presidenta del comité, una señora con vestido lentejuela, se acercó como para quitarle el micrófono, pero Dani levantó la palma.

—Va a ser rápido.

Dani se pasó el micrófono de una mano a la otra. Buscó a los dos muchachos que habían gritado. Uno se rio con la boca cubierta. El otro metió el teléfono al bolsillo. Dani se quedó quieto, con el saco abierto y el aliento agitado.

—Conozco a Valentina desde sexto grado —dijo—. Era la más rápida de la clase de educación física. Me ganó una carrera de relevos en octavo. Pregúntenle a cualquiera.

Soltó un respiro. Alzó la cabeza.

—Este año no pudo estar porque luchó contra un cáncer dos veces. Y aun así llegó esta noche, con oxígeno, con silla, con todo. Eso es más fuerte que cualquier touchdown.

La gente se calló. Un maestro se quitó los lentes y se frotó la cara.

—Así que no me digan que no encontré “nada mejor” —continuó Dani—. Porque no hay nadie mejor en este baile.

Dio un paso hacia Valentina. Se agachó a su altura.

—¿Me regalas la próxima canción?

Ella se tocó los aretes de la abuela. Hizo un ruido pequeño con la garganta.

—Todas las que quieras —dijo.

El DJ puso una balada vieja y las parejas fueron volviendo a la pista. Dani giró a Valentina despacio, con las ruedas girando en círculos anchos. La muchacha del vestido rojo se acercó a tomarles una foto. Luego otra, y otra. Un grupo de compañeros rodeó a mi hija y empezaron a aplaudir. Los dos muchachos del rincón se quedaron quietos, uno mirando su vaso de refresco, el otro hablando con la chaperona del comité.

Papá me pasó un brazo por el hombro. Yo seguía apretando la servilleta, hecha una bola tibia entre los dedos. La solté y la dejé sobre la mesa de la fuente de chocolate. Sentí vibrar el teléfono en el bolsillo de la chaqueta: era Reinier, preguntando si la limusina seguía disponible para la hora acordada. Le respondí que sí. Dos letras.

Cuando acabó la canción, Dani se acercó a nuestra mesa. Traía dos pulseras de tela rota en la muñeca, de esas que repartían en la entrada.

—Señora —me dijo—, ¿puedo invitarle un ponche a su hija?

Le di las gracias. Valentina se acomodó el tanque bajo las piernas y se fue con él a la barra de refrescos. La vi pedir dos ponches, y luego sacar del monedero de lentejuelas un billete arrugado de un dólar para dárselo al encargado de la mesa de postres. Le temblaba la mano. No de tristeza. Le temblaba de puro ímpetu, como cuando bailaba en su cuarto a los doce años, con los pies descalzos sobre la alfombra y la música a todo volumen.

Esa noche, al regresar a casa, se quitó la peluca y me pidió que le soltara el broche del vestido. Luego abrió la puerta del clóset y volvió a colgar el vestido azul marino. Lo arregló con calma, pasándole la mano por la falda, y cerró la puerta hasta que sonó el pestillo. Fue entonces cuando vi que se inclinaba, tomaba el tanque de oxígeno con las dos manos y lo subía despacio a la mesita junto a la cama. Sin ayuda. Como si el tanque pesara menos que la noche anterior. Apagó la lámpara del pasillo y se durmió con los aretes puestos.

A las seis y veinte de la mañana, Reinier me mandó un mensaje: el recibo de la limusina estaba en el parabrisas del carro. Los trescientos veinte dólares ya estaban pagados. Valentina se despertó y leyó el mensaje por encima de mi hombro. Se rio con los dientes apretados. Luego tomó el teléfono y marcó un número. Le salió la voz bajita, ronca, todavía sin despertar:

—Dani, ¿estás despierto? Mi mamá quiere saber si las fotos de anoche salieron bien. Dice la chaperona que fuimos la pareja de la noche. Eso fue por ti.

Se quedó callada. Tapó el auricular con la palma.

—Dice que me ponga el vestido otra vez. Que tenemos una boda en Arizona el año que viene.

Del otro lado estalló una carcajada. Valentina se recostó sobre la almohada y soltó una risa que le subió desde el pecho, igual a la de antes.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one × 1 =