**La que no se reflejaba**

El martes a las once y cuarenta de la noche, mi mamá perdió el último autobús de la ruta 49 en la esquina de Western y Division. Llovía con hielo. El toldo de la parada goteaba. Solo quedaban dos personas: un hombre dormido en la banca y una mujer con un abrigo rojo idéntico al de mi mamá.

Mi mamá lo notó por el color. Llevaba el mismo abrigo rojo, la misma bolsa de tela con el logotipo de Jewel-Osco, hasta el mismo peinado con la raya al lado derecho. Pensó que era una casualidad. Levantó la mano para saludar. La otra hizo el mismo movimiento al mismo tiempo. Mi mamá quiso reírse, pero la risa se le congeló porque la mujer movió la boca exactamente igual.

—¿Quién eres? —preguntó mi mamá.

—La pregunta es: ¿quién eres tú? —respondió la mujer con la misma voz.

Mi mamá dio un paso atrás. En ese instante llegó el camión. Subió sin voltear. Ya sentada, se atrevió a mirar por la ventana. La mujer seguía en la parada, de pie, sin moverse. Los pasajeros que esperaban cruzaron a través de ella como si fuera humo. El chofer no la vio. Nadie la vio. Mi mamá se bajó seis cuadras después, temblando, y caminó el resto del camino bajo la lluvia helada.

En la casa, esa noche, mi papá no estaba. Trabajaba en el taller de la Pulaski hasta las seis de la mañana. Yo estaba en mi cuarto, terminando una tarea para la clase de biología del community college. La oí entrar. No saludó. Dejó la bolsa en el suelo y se fue directo al baño. Después de un rato salió y se acostó sin cenar. Eso era raro porque mi mamá siempre cenaba un tazón de arroz con leche antes de dormir.

Al día siguiente empezaron las cosas pequeñas. Las fotos del refrigerador aparecían volteadas de cara a la puerta. El tupper con las pupusas que yo había guardado estaba vacío, pero ningún plato sucio en el fregadero. Mi papá me llamó desde el taller para preguntarme por qué mi mamá le había llamado a las tres de la madrugada para decirle que no volviera a casa. Mi mamá juraba que no había hecho esa llamada. La pantalla del teléfono no mostraba ninguna salida.

Yo empecé a verla entrar a la cocina mientras, al mismo tiempo, escuchaba la regadera abierta en el baño. La regadera sonaba como si alguien la estuviera usando, pero cuando pasaba por el pasillo, la cortina estaba corrida y el piso seco. Una noche me levanté por agua. En el pasillo, vi a mi mamá parada frente a la ventana del patio, con la espalda recta. Segundos después, oí su voz desde la cocina:

—¿Isabela, qué buscas?

No podía estar en dos lugares. Mi estómago se apretó.

La madrugada del viernes escuché dos voces discutir en el patio trasero. Eran idénticas. Me asomé por la cortina del cuarto. En el cemento, bajo el farol que nunca encendía, había dos mujeres. Las dos eran mi mamá. Una lloraba con las manos en la cara. La otra estaba quieta, con los brazos caídos. No vi su boca, pero supe que estaba sonriendo porque la barbilla le temblaba de una forma que mi mamá nunca hacía. La que lloraba levantó una mano hacia la puerta. La otra no se movió. Después todo se apagó. A la mañana siguiente solo había una. La que se quedó en la casa no lloraba.

Desde entonces todo parece normal. Mi mamá cocina. Habla. Se ríe. Me da un apretón en el hombro cuando paso. Pero hay algo que jamás volvió a hacer. Nunca más se ha mirado en un espejo. En el baño, el espejo está cubierto con una toalla. La puerta del horno, que es de vidrio, la mantiene cerrada con un trapo. Si pasa frente a la ventana de la sala, gira la cara.

Y algunas noches, cuando paso frente al baño, escucho una voz al otro lado del cristal. No es un grito. Es una voz que dice desesperada:

—No le abras… la que salió de aquella parada no fui yo.

La primera vez que la oí, me quedé paralizada. Toqué la puerta. Estaba fría. No había nadie adentro. Pero la voz salía de detrás del espejo cubierto.

Entendí que la verdad estaba en el reflejo. Mi mamá nunca se había mirado en un espejo desde aquella noche porque, cuando lo hacía, veía a la otra. Y la otra —la que se quedó— sabía algo.

Necesitaba una prueba. Recordé que mi mamá verdadera tenía una cicatriz en la muñeca izquierda, de un roce con el filo de la lata de frijoles cuando se cayó del estante alto. No era grande, pero tenía forma de media luna. Esa noche, mientras fregaba los platos, le pedí que me pasara el jabón. Lo hizo con la mano izquierda. La manga se le subió un poco. No había cicatriz. La piel estaba lisa.

Se me fue el aire. Pero no dije nada. Sequé mis manos con calma. Fui al armario del pasillo, saqué la caja de herramientas de mi papá. Allí estaba el martillo mediano con el mango de hule.

La mujer que se hacía pasar por mi mamá estaba en la cocina. Me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Qué haces con eso? —preguntó.

—Voy a arreglar el espejo del baño.

Ella se puso delante de la puerta.

—No necesitas hacer nada.

Empujé la puerta con el hombro. Ella me agarró del brazo con una fuerza que no era de una mujer de cincuenta y dos años. Me retorcí. Le di un codazo en el estómago, no para lastimarla, sino para soltarme. Retrocedió. Entré al baño. Con una mano arranqué la toalla que cubría el espejo. La otra levantó el martillo.

—¡No lo hagas! —gritó la mujer.

En el cristal no vi mi reflejo. Vi a mi mamá. Estaba en el mismo baño, pero del otro lado, con las palmas pegadas al vidrio. Lloraba. La oí decir, sin sonido:

—Rompe.

Golpeé el espejo. El cristal estalló en cientos de pedazos. El sonido se metió en las paredes. La mujer en la puerta soltó un alarido. Su cuerpo se sacudió. De la boca le salió una neblina gris. Se dobló sobre sí misma, como una fotografía que se quema por los bordes. En unos segundos no quedó más que una mancha oscura en el piso, que luego se evaporó.

Del marco vacío salió mi mamá. La verdadera. Cayó de rodillas en el suelo del baño, con el abrigo rojo empapado en sudor. Yo la agarré por los hombros.

—Soy yo —dijo—. Soy yo.

La levanté. Fuimos a la cocina. Le serví un vaso de agua. No se miró en ninguna superficie. Pero sus manos tenían la cicatriz de media luna en la muñeca.

Esa noche dormí en el sofá, con la puerta de mi cuarto sin cerrar. Mi mamá durmió en el suelo al lado del sofá, sobre una cobija. No quería estar lejos.

Al otro día, fui a la ferretería de la Cermak. Compré un juego de cerraduras nuevas, de llave doble. Pagué cuarenta y siete dólares con ochenta centavos en efectivo. Volví a casa y cambié la chapa de la puerta principal. Tardé una hora. Mi mamá me alcanzó el destornillador cuando lo necesitaba. No hablábamos. Solo el sonido del metal.

Cuando terminé, le di una llave. La otra la puse en mi llavero.

—Ahora sí —dijo ella.

No hizo ningún gesto. No hacía falta. Salió al porche. Yo me quedé en la sala, con el martillo en la mano. Lo guardé en la caja de herramientas. Después fui al contenedor del patio y tiré los pedazos del espejo. No dejé ni uno dentro de la casa.

Esa noche, mi mamá se paró frente a la ventana de la sala. No se miró en el cristal. Miró la calle. La lluvia había parado. El farol del patio seguía sin encender. Y no oímos ninguna voz en el baño.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

18 − seven =