Ofelia Gutiérrez entró al salón de belleza con la revista apretada contra el costado, como si el papel pudiera protegerla del frío del aire acondicionado. El local ocupaba la esquina de un strip mall en la Calle Ocho, con un letrero de neón que parpadeaba en una de las letras: *Belleza Total*, aunque la "T" se apagaba y volvía a encender cada dos segundos. Adentro olía a fijador caro y a café de máquina. Las paredes estaban forradas de fotos de modelos con cortes asimétricos y tintes violetas, y cada espejo tenía un anillo de luces LED que hacía que hasta la piel más cansada se viera como de telenovela.
Las muchachas del mostrador la miraron de arriba abajo con un gesto que no necesitaba traducción. Ofelia tenía sesenta y ocho años, el pelo gris recogido con una pinza de plástico y un abrigo de lana comprado en Ross dos inviernos atrás. Los zapatos tenían la suela gastada en el borde izquierdo. Caminó hasta el sillón más cercano y se sentó sin que nadie la invitara.
—Buenas, necesito un corte y un tinte —dijo, desenvolviendo la revista de moda que había traído.
La estilista con la etiqueta que decía *Valeria* se acercó con una tijera en la mano y el celular en la otra, pero no soltó el teléfono hasta que la foto cayó abierta sobre el mostrador.
—¿Y esto qué es? —preguntó Valeria, y soltó una risa corta, como si hubiera visto un perro con sombrero.
—Es el corte que quiero. ¿Se puede?
Valeria volteó hacia sus compañeras y alzó las cejas. Otra chica, la que estaba peinando a una clienta con rulos, se asomó y también se rio.
—Mamita, eso es para muchachas de veinte años —dijo Valeria—. Usted tiene el pelo ralo y gris. Si le paso la tijera dos veces, se queda calva.
—Además, ese corte cuesta ochenta dólares —agregó la otra sin dejar de enrollar un mechón en el cepillo—. ¿Sabe cuánto es eso? Seguro más de lo que le dan en el cheque del Seguro Social.
Ofelia apretó la revista contra sí. No respondió de inmediato. El aire acondicionado le daba directo en la nuca y sentía el cuero del sillón pegarse a la ropa.
—Tengo dinero —dijo, con la voz baja pero firme.
—Ay, por favor —Valeria soltó una carcajada que rebotó en los espejos—. Mire, abuela, no es por ser grosera, pero usted no llega ni a la mitad del presupuesto. Váyase a su casa, tómese un cafecito y deje de soñar.
La clienta de los rulos también se rio, tapándose la boca con una revista. Ofelia se levantó despacio. No dijo nada más. Caminó hacia la puerta, sintiendo las baldosas frías a través de la suela del zapato. Al salir, el letrero parpadeó otra vez.
Afuera el sol de Miami le dio en la cara. Cruzó la calle sin apurarse y pasó frente a la iglesia de San Juan Bosco. En la pared del edificio de enfrente habían pintado un mural de la Virgen de Guadalupe, y debajo, un gato negro con una pata blanca dormía encima de una caja de cartón. Ofelia se detuvo un momento a mirarlo; el animal abrió un ojo y volvió a cerrarlo. Ella siguió caminando.
A tres cuadras, justo antes de llegar a la parada del bus 8, vio un local chiquito con la puerta abierta y un letrero escrito a mano: *El Rincón de Lupe*. Dos sillas de peluquería viejas, un espejo sin luces LED y un calendario del año pasado colgado con cinta adhesiva. Entró por curiosidad, más que por otra cosa.
La mujer que estaba adentro barriendo se enderezó al verla. Tenía el pelo negro azabache, la cara redonda y los brazos manchados de tinte hasta los codos.
—¿La atiendo? —preguntó, dejando la escoba contra la pared.
—Si puede, hágame este corte —dijo Ofelia, y volvió a sacar la revista.
Lupe tomó la revista con las dos manos, como si fuera un documento importante. Estudió la foto durante un rato, moviendo los labios sin darse cuenta. Luego asintió.
—Es un corte bonito, pero en su pelo hay que adaptarlo —explicó—. Si le quitamos volumen de acá y le dejamos capas más largas acá, le va a quedar mejor que a la modelo.
Ofelia se sentó. Lupe le puso una toalla tibia en los hombros y le ofreció un café cubano de la ventanita de al lado.
—¿Cuánto me va a cobrar? —preguntó Ofelia.
—Veinticinco dólares con todo y tinte.
—¿Nada más?
—Es lo que cobro. No tengo letrero de neón ni la "T" que parpadea, pero trabajo bien.
Mientras Lupe le aplicaba el tinte con una brocha pequeña, contó que llevaba tres años cortando pelo en el garaje de su tía antes de conseguir este local, y que todavía le debía dinero a un primo que le prestó para las sillas.
—Toqué puertas en varios salones grandes cuando empecé —dijo Lupe, moviendo la brocha en círculos—. En uno me pidieron el uniforme de la marca, tijeras de trescientos dólares y una silla de quinientos que yo no tenía. Terminé aquí, con lo que pude juntar.
Ofelia cerró los ojos un momento. El olor del amoníaco le picaba, pero no dijo nada.
—¿Y usted? —preguntó Lupe—. ¿Vive sola?
—Mi esposo murió hace diecisiete años —respondió Ofelia—. No tuvimos hijos. Me quedó lo que él me dejó.
Lupe no preguntó más. Hizo su trabajo con paciencia de relojero, separando los mechones grises con el peine de cola. Al final, le secó el pelo con el aire frío para no maltratarlo y le giró la silla hacia el espejo.
Ofelia se vio. El corte nuevo le levantaba la cara, le daba un aire de mujer que todavía tiene a dónde ir. Se pasó una mano por las puntas y notó que ya no se le enredaban.
—Me gusta —dijo.
Pagó con un billete de veinte y otro de diez. Dejó cinco dólares de propina encima del mostrador. Luego se quedó parada un momento, mirando hacia la calle.
—Lupe, ¿usted conoce al dueño del edificio de la esquina?
—No, nunca aparece. Manda un sobre cada mes por correo. Una vez vino un señor a cobrar en persona, pero se fue en un carro negro muy bonito.
Ofelia asintió. Luego se despidió y salió. El gato negro seguía en la caja, ahora comiendo algo que alguien le había dejado en una servilleta. Ofelia se agachó un instante y le pasó la mano por el lomo.
Caminó de vuelta al salón elegante. El letrero parpadeaba igual. Entró y, esta vez, Valeria ni siquiera levantó la vista del celular. La clienta de los rulos seguía ahí, pero ahora estaba en la caja pagando.
—¿Otra vez usted? —dijo Valeria al verla—. Le dije que no le vamos a hacer ese corte.
Ofelia no respondió. Sacó del bolso una carpeta de plástico con un papel doblado. Lo desdobló con calma, alisó los bordes con el canto de la mano y lo puso sobre el mostrador.
—Este local me pertenece —dijo—. Mi esposo me lo dejó hace diecisiete años. Ustedes me pagan cinco mil dólares al mes por el arriendo. Y este es el aviso legal: tienen treinta días para desocupar.
El celular de Valeria se apagó en su mano. Las otras dos estilistas se acercaron, pálidas. La clienta de los rulos se quedó quieta, con la tarjeta de crédito en el aire.
—No puede hacer eso —balbuceó Valeria, y por un segundo la voz se le quebró, casi un hilo—. Yo pago la renta de mi apartamento con las comisiones de aquí. Tenemos contrato.
—El contrato vence el último día de este mes —dijo Ofelia, señalando con el dedo la fecha en el papel—. No lo renovaré.
Valeria tomó el papel con las manos temblorosas y no dijo nada más. La clienta de los rulos guardó la tarjeta sin terminar de pagar.
—¿Y usted adónde va a ir ahora a cortarse el pelo? —le preguntó a Ofelia, casi por hablar de algo.
—Hay un local a tres cuadras —dijo Ofelia—. Veinticinco dólares. Con café incluido.
Afuera, Ofelia se detuvo en la acera y respiró el aire caliente de la tarde. No sentía alivio del todo. Sentía el peso exacto del papel que acababa de entregar, y también, sin poder nombrarlo bien, algo parecido a la incomodidad de haber ganado.
Esa noche fue al banco y giró un cheque a nombre de Lupe. No era una fortuna, pero alcanzaba para el aire acondicionado y para pagarle al primo. Al día siguiente se lo llevó en un sobre sin remitente.
—Es para que arregle esto y lo otro —le dijo, poniéndole el sobre en la mano—. Y si en unos meses quiere el local de la esquina, hablamos de la renta.
Lupe abrió el sobre, vio la cantidad y se quedó con la vista fija en el papel.
—Ese local es grande, doña Ofelia. Yo no sé si me alcanza el pulso para atender tantas sillas, ni si voy a tener clientela para pagarlo.
—Nadie sabe eso hasta que lo intenta —dijo Ofelia—. Usted decide.
Lupe no contestó enseguida. Guardó el sobre en el bolsillo del delantal, todavía manchado de tinte, y siguió barriendo el piso que ya estaba limpio.
Un mes después, el letrero de *El Rincón de Lupe* colgaba de la fachada del local grande, torcido de un lado porque nadie lo había nivelado bien. Los espejos con luces LED seguían ahí, algunos ya sin foco. Lupe atendía dos sillas ella sola, corriendo de una a otra, y en las paredes todavía quedaban clavos de donde antes colgaban las fotos de las modelos.
Ofelia entró una tarde y se sentó a esperar su turno. El gato negro con la pata blanca dormía en la mesa donde antes estaban las revistas de moda. Lupe le sirvió un café cubano en un vasito de plástico y se lo dejó en la mesa sin decir nada, porque tenía las manos ocupadas con otra clienta y todavía le faltaban tres citas antes de cerrar.