Yo trabajo en la farmacia de la esquina de la calle Ocho, en la Pequeña Habana, desde hace nueve años, y uno aprende a leer a la gente por lo que compra. Un señor que llega por su insulina y no habla, uno sabe que algo no anda bien en la casa. Una señora que empieza a comprar Advil de la caja chica, la de veinticuatro pastillas, en vez de la de cien, uno sabe que está contando los centavos de otra manera que antes.
Así conocí a doña Carmen Elizondo. Setenta y tres años, viuda, de Cuba, aunque llevaba más de cuarenta viviendo en Miami. Venía cada quince días por su medicina de la presión y por unas gotas para los ojos, y siempre me contaba algo de sus dos hijos, Rubén y Yolanda, con ese orgullo que tienen las madres cuando hablan de lo que lograron sus muchachos en este país. Rubén trabajaba en mantenimiento de aires acondicionados, tenía su propia camioneta con el logo pintado en la puerta. Yolanda era asistente dental en Hialeah.
Un martes de octubre —yo me acuerdo porque afuera estaban ya poniendo las calabazas de Halloween en la vitrina de la ferretería de al lado— doña Carmen llegó distinta. Traía una carpeta amarilla apretada contra el pecho, de esas que se compran en el Office Depot de la Calle Ocho, y me pidió que le recomendara algo para dormir. Nada fuerte, dijo, algo de hierbas.
Mientras le buscaba la melatonina me contó, sin que yo preguntara casi nada, que sus hijos le habían propuesto vender el dúplex de la calle Doce, el que le había dejado su esposo Armando cuando murió hacía tres años. Vender ahora, repartir el dinero entre los dos "para que no haya líos con el IRS después", y ella se mudaría con Rubén.
—Me dijeron que así evitamos abogado, evitamos corte de sucesión, todo eso cuesta —me explicó, doblando el recibo de la farmacia en cuatro partes, como hacía siempre—. Y yo pensé, bueno, son mis hijos.
Yo asentí, le di su bolsita, y no le dije nada más porque no era mi lugar. Pero por dentro pensé: cuarenta y dos mil dólares es lo que le tocaba de su mitad después de la venta, según me dijo ella misma un mes después, sentada otra vez en el mismo mostrador, contándome que ya el trámite estaba hecho, la firma ante notario, todo legal.
Los primeros dos meses la vi llegar contenta. Me hablaba del cuartico que le habían dado en casa de Rubén, en Westchester, con vista al patio donde el nieto, Kevin, tenía su cancha de básquet improvisada con un aro pegado al garaje. Me contó que la nuera, Marisol, le llevaba el café con leche condensada todas las mañanas antes de irse al trabajo. Que los nietos venían a darle un beso antes de dormir.
Después, algo cambió. Empezó a comprar más Tylenol para el dolor de espalda. Y una tarde de enero —yo recuerdo que hacía ese frío raro de Miami, el que dura tres días y toda la ciudad se pone sudadera de los Dolphins que nadie usa el resto del año— me dijo, mientras esperaba que le preparara la receta, que llevaba semanas levantándose a las cinco y media de la mañana para hacerle el almuerzo a los nietos, lavar, planchar las camisas de trabajo de Rubén, recoger a Kevin y a la hermanita de la escuela porque Marisol "tenía junta".
—Y yo lo hago con gusto —me dijo—, pero un día me senté a contar las horas. No el dinero. Las horas.
Le pregunté, sin mucho tacto quizás, si había hablado con su hija Yolanda. Se quedó callada un momento, mirando el frasco de vitaminas que tenía en la mano.
—Yolanda dice que está en la lucha con su carro nuevo, que el dinero se le fue en el enganche y en pagar una deuda de la tarjeta. Que ahorita no puede.
Pasaron como seis semanas sin que ella viniera. Yo pensé que se había cambiado de farmacia, la gente lo hace, sobre todo si consiguen mejor precio en el CVS de más allá. Pero un sábado por la mañana, cuando yo estaba acomodando la góndola de protector solar, la vi entrar con una maleta pequeña con ruedas, de esas de cabina de avión, y se sentó en la silla que tenemos para los que esperan receta, aunque no traía ninguna.
Me contó, bajito, que Rubén le había dicho que necesitaban el cuarto de vuelta para Kevin, que ya el nieto estaba grande y quería su espacio. Que le sugirió buscar "algo chiquito, un efficiency, alguna ayuda del gobierno". Que Yolanda seguía sin devolverle nada de su parte del dúplex.
—Fui a la oficina de Housing en la Veintisiete —me dijo—. Me anotaron en una lista. Me dijeron que puede tardar hasta dos años.
Esa tarde, antes de irse, sacó de la cartera un sobre blanco, ya medio arrugado, con el nombre de un abogado de bienes raíces escrito a mano en la esquina, uno que alguien le había recomendado en la iglesia de Santa Águeda. No lo abrió delante de mí. Solo lo tocó un rato con los dedos, como quien revisa que algo siga ahí.
Yo no volví a verla hasta cuatro meses después. Fue en Navidad, la última semana de diciembre, y venía distinta: caminaba más erguida, con un cuaderno de espiral bajo el brazo en vez de la carpeta amarilla de siempre. Me contó, mientras le despachaba su receta de siempre, que se había mudado a una habitación que le renta una señora colombiana en Sweetwater, ciento diez dólares a la semana, con derecho a cocina compartida. Que vivía de su Seguro Social, mil ciento veinte dólares al mes, y de lo que quedaba después de pagar el cuarto.
Pero también me dijo algo más: que había ido con el abogado del sobre, y que este le había explicado que aunque el dinero de la venta ya estaba repartido y gastado, ella todavía podía reclamar su parte por escrito, dejar constancia, porque Yolanda le había firmado un pagaré informal —una hoja de libreta, nada más, pero con fecha y firma— prometiéndole devolverle doce mil dólares en dos años. El abogado se lo había hecho notariar.
—No es todo lo que me deben —me dijo, guardando el cuaderno en el bolso—, pero es algo con mi nombre y su firma. Eso no me lo pueden borrar con un "ahorita no puedo".
Rubén, según me contó, la llama los domingos, cinco minutos, como quien tacha una tarea de una lista. Yolanda le manda mensajes de texto con corazones. Ninguno de los dos ha hablado de pagarle completo lo que le deben.
Lo último que supe de doña Carmen fue en marzo, cuando vino a comprar sus gotas de siempre y me dijo, casi como al pasar, que había llamado a Rubén para pedirle una sola cosa: la olla de aluminio grande, la que había traído de Cuba en el ochenta y uno, la que usó durante treinta años para el ajiaco de los domingos. Rubén le dijo que se la buscaba, que andaba ocupado, que después.
Ella no volvió a insistir. Pagó sus gotas, dobló el recibo en cuatro como siempre, y se fue caminando despacio hacia la parada de la ruta 8, con el cuaderno de espiral asomando del bolso.