Me casé con mi vecino de 79 años, y su hija casi se infarta

—¿Tú estás loca, Camila? —mi hermana Sofía dejó el tenedor en el plato como si acabara de anunciarle que me iba a vivir a un circo.

—Tiene setenta y nueve, no doscientos —respondí con toda la calma que pude—. Y además, cásate tú con quien quieras, ¿no?

—Pero… ¡se te subió el mole! ¡Si es casi un abuelito!

—Ajá. El abuelito que todas las mañanas pregunta cómo dormí.

Todo empezó una tarde de domingo en el complejo de apartamentos donde vivimos, allá por el este de San Antonio. Yo acababa de bajar a recoger el correo cuando oí voces tras la ventana entreabierta del departamento de don Ramiro. Sus hijos, Patricia y Miguel, aparecían dos veces al año, siempre con prisa, siempre con la misma frase de “deberías pensarlo, papá”.

Ese día trajeron folletos a color de un asilo. Residencias con jardines recortados y viejitos jugando dominó en fotos de banco de imágenes.

—Papá, tienes casi ochenta años. Ya no puedes vivir solo —dijo Patricia con el tono que usan las maestras cansadas.

—Tengo setenta y nueve, no tres enfermedades crónicas diferentes —bufó don Ramiro, y yo desde la puerta lo imaginé con su ceño fruncido y su café de olla hirviendo—. Guiso, voy al mercado del trueque cada sábado, y ni me duermo en mis telenovelas. ¡Estoy perfectamente bien!

Esa noche tocó a mi puerta. Llevaba una botella de vino tinto y la expresión de quien se prepara para pedir un favor imposible.

—Necesito un favorcito… algo fuera de lo común.

Dos copas después, el favorcito se convirtió en una propuesta. Matrimonio. Estrictamente logístico.

—Solo en papel —dijo mientras giraba la copa con los dedos—. Si estoy casado, para mis hijos va a ser mucho más difícil encerrarme en uno de esos lugares donde se les olvida uno hasta el nombre.

Miré sus ojos color miel, que todavía guardaban un brillo rebelde, y pensé en mis propias noches: el apartamento vacío, el ruido del televisor y una soledad que ya me pesaba como una chamarra mojada. Don Ramiro era la única persona que todos los días me preguntaba “¿cómo estás, mija?” como si le importara de verdad.

—¿Y yo qué gano? —pregunté, más por dignidad que por otra cosa.

—Dividimos los gastos, te toca mi carne guisada de los domingos… y tienes a alguien que festeja que llegaste a casa.

Tres semanas después estábamos en el ayuntamiento. Yo con un vestido azul que saqué del clóset diez minutos antes de salir. Él con un traje que olía a naftalina y a recuerdos viejos. Nuestros testigos fueron doña Carmen, la señora del puesto de tamales, y su esposo, que no pudo aguantar la risa cuando el oficial dijo “puede besar a la novia”.

Don Ramiro me estampó un beso en la mejilla tan fuerte que sonó como cuando uno abre una Coca-Cola en pleno verano.

Vivir juntos fue más sencillo de lo que jamás imaginé. Él se levantaba a las seis de la mañana a hacer sus “legendarias” cinco lagartijas, que más bien parecían tres suspiros y dos empujones contra el suelo. Yo salía de la cama mucho después, directo a la cocina a tomarme el café recalentado de la noche anterior.

—Eso no es café, es un castigo —gruñía él desde la sala.

—Y tu rutina es un circo —respondía yo sin voltear—. ¿Cuántas lagartijas fueron hoy? ¿Dos y media?

Los domingos la casa se llenaba de olor a carne guisada, cebolla y carcajadas. Me contaba de su difunta esposa, a la que amó toda la vida, y de sus hijos, que lo veían como un problema urgente en lugar de como un padre. Yo le contaba de mis clientas de la estética, de los chismes del complejo, de lo mucho que me pesaba haber dejado la universidad. Nunca me juzgó.

Hasta que una tarde, justo en pleno domingo de guisado, Patricia y Miguel irrumpieron como tormenta de granizo.

—¡Esta mujer está abusando de él! ¡Esto es abuso de ancianos! —gritó Patricia señalándome con el dedo.

—¡Yo oigo perfectamente! —tronó don Ramiro desde la cocina—. ¡Y por cierto, tu café sabe peor que el de Camila!

—Papá, ¿por qué se casaron ustedes dos? —preguntó Miguel cruzándose de brazos y mirándome como si yo fuera un billete falso.

El viejo apareció en la puerta con dos tazas de café en las manos, la de él con leche, la mía amarga, como nos gustaba. Me la alcanzó y se quedó a mi lado, hombro con hombro. Me miró como diciendo “tú puedes”.

Entonces solté todo lo que tenía atorado desde hacía meses, sin gritar, sin llorar, con una voz que se me hacía firme porque era la pura verdad.

—¿Que por qué nos casamos? Mire, Patricia, yo vivía en un hueco. Llegaba del trabajo y el silencio me aplastaba. Ahora llego y digo “ya vine”. Y hay alguien que contesta. Ahora los domingos huelen a carne guisada y a las seis de la mañana oigo risas en vez de puros pensamientos. Ahora sé que si me duele la cabeza va a haber alguien que me alcance un ibuprofeno sin que se lo pida. ¿Eso es abuso? ¿De verdad?

Patricia abrió la boca, pero no se le ocurrió nada. Miguel ni siquiera me miró. Agarró las llaves de la troca con un ruido metálico y se los llevó a los dos. La puerta principal del apartamento sonó tan fuerte que vibró el marco del cuadro de la Virgen en la sala.

Don Ramiro se me quedó viendo con sus ojos color miel y levantó su taza.

—Creen que ya chocheo.

—Pues no están del todo equivocados —sonreí—. También estás medio loco tú.

—Exacto. Por eso estamos empatados.

—Tu café sigue siendo un veneno.

—Y tus lagartijas siguen siendo de mentiritas.

—Sí, bueno… salud por la familia.

Chocamos las tazas frente a la ventana, con el sol bajando rojo tras los techos de San Antonio, y con un amor falso que se sentía más real que cualquier novela.

Han pasado catorce meses. Nada ha cambiado. Él se levanta demasiado temprano, yo sigo arruinando el café, y los domingos huelen a carne guisada y a alegría chiquita, de esa que no necesita explicación.

A veces, cuando estamos sentados en el balcón viendo el atardecer, le pregunto:

—¿Alguna vez te has arrepentido?

Él se ríe bajito, se acomoda el gorro de lana aunque haga calor, y dice siempre lo mismo:

—Ni un minuto, mija.

Le dicen que nuestro matrimonio es un fraude. A mí me parece lo más auténtico que me ha pasado en esta vida.

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