Me llamo Valentina Ríos y llevo once años trabajando como técnica de campo en una reserva natural del sur de Texas, cerca de Zapata. Mi trabajo no sale en documentales. Reviso cámaras trampa, registro huellas, tomo muestras de agua y vuelvo al campamento antes de que caiga el sol. La paga alcanza justo para la gasolina de una Silverado del 2011 y un café de la gasolinera que sabe a quemado, pero me gusta. En el monte nadie te pregunta cuándo vas a sentar cabeza.
Ese jueves una de las cámaras del sendero este dejó de transmitir a las tres y cuarto de la tarde. La habíamos instalado en un claro cerca de un camino viejo de tierra, donde los jabalíes suelen rascar los postes. Pensé que un animal la había tumbado.
—Voy y regreso antes de que oscurezca —dije, y nadie discutió. Agarré la mochila, el radio, una botella de agua y las pinzas cortacables que llevamos para arreglar sensores.
El calor apretaba. El aire olía a salvia y a polvo. A los cuarenta minutos de caminar, la vereda desapareció bajo una maraña de arbustos y ramas secas. Fue entonces cuando escuché el quejido.
No era un pájaro. Tampoco un becerro perdido. Era un sonido corto, ronco, casi un llanto. Me quedé quieta. Conté hasta diez. El viento movió las ramas y el quejido volvió a salir, más débil.
Aparté los arbustos con dos manos. Y lo que vi me dejó el estómago en la garganta.
Un cachorro de puma. No era un león africano ni un animal de zoológico —era un puma de montaña, de los que cruzan el río Bravo por la franja de maleza. Tendría tres, cuatro meses. Una de sus patas traseras estaba atrapada en un lazo de alambre de acero, del mismo que usan para cercar ganado. El alambre le había cortado la piel. Cada vez que el animalito jaloneaba, el lazo se apretaba más.
No había rastro de la madre. Ni huellas, ni gruñidos, ni movimiento entre los mezquites. Solo silencio, y yo sola en medio de un calor de cuarenta grados.
Me arrodillé con cuidado. El puma intentó levantarse y cayó de lado, rendido.
—Tranquilo —murmuré sin moverme mucho—. No te voy a lastimar.
Las pinzas no cortaban. El alambre era más grueso de lo normal, calibre doce, de los que ya no venden en ferreterías de por aquí. La primera mordida solo dejó una marca. La segunda dobló el metal. La tercera lo partió con un chasquido seco.
El cachorro soltó un resoplido y se quedó inmóvil, como si por fin pudiera descansar.
Le pasé un dedo por la cabeza, entre las orejas. Tenía el pelo áspero y caliente. Una pulga le caminaba por el hocico.
—Ya estás libre.
No me di cuenta de que la hierba detrás de mí se movía. No escuché nada. El viento soplaba del sur, llevándose todos los sonidos.
El cachorro intentó pararse. Las patas le temblaban. Volvió a caer.
—Te voy a llevar al campamento. Alicia, la veterinaria, te cura la pata.
Lo levanté con las dos manos. Antes de enderezarme, una rama se partió a mi espalda.
Se me heló todo.
Giré la cabeza muy despacio. Entre los arbustos brillaban dos ojos amarillos. Grandes. Fijos.
Una puma adulta. La madre.
Salió del matorral sin hacer ruido. La piel le colgaba de las costillas. No era una hembra joven —se notaba en las cicatrices del lomo y en la forma pausada de caminar, como quien ha peleado muchas veces. Dio un paso hacia mí. Luego otro. El cachorro se retorció entre mis brazos.
Lo bajé al suelo con cuidado. Levanté las manos abiertas.
—Me voy —dije, aunque sabía que mi voz no significaba nada para ella—. Me voy ahora.
Retrocedí un paso. Y entonces, a mi izquierda, se movió otra sombra.
Un macho enorme, con el pecho blanco y una cicatriz que le cruzaba el ojo derecho. Estaba de pie entre dos mezquites, mirándome con la cabeza baja. Después apareció otra hembra. Y otra. Y a mi espalda, la hierba crujió.
Cinco pumas. Me rodearon en menos de quince segundos.
No iba a correr. Correr es lo peor que puedes hacer con un felino. La camioneta estaba a unos cien metros, al otro lado del claro, y ya no importaba. Mi única ventaja era que ninguno de ellos me estaba atacando.
Contuve la respiración. El cuerpo me temblaba por dentro, pero no me moví ni un centímetro.
La madre caminó directo hacia su cría. Pasó junto a mí tan cerca que el vientre me rozó la mochila. Olfateó al puma bebé de arriba abajo. Después le lamió la cabeza, detrás de la oreja donde yo lo había tocado.
Quise creer que lo entendían. Que un animal no razona, pero recuerda quién le dio de comer y quién le dejó salir del cepo.
Di un paso atrás. Todos levantaron la cara al mismo tiempo.
Y entonces lo entendí.
No me miraban a mí. Miraban a algo detrás de mí.
Escuché pasos. Pasos humanos. Ramas que se quiebran con bota, no con pata.
Aparecieron dos hombres entre los árboles.
El primero cargaba un rifle de caza con mira telescópica y una chamarra camuflada que le quedaba grande. El segundo llevaba algo enrollado al hombro. Alambre de acero. El mismo. Exactamente el mismo.
El pedazo que le corté al puma no era un alambre abandonado. Era una trampa.
El del rifle me vio y su cara se torció.
—¿Qué haces aquí?
No contesté. No podía. La adrenalina me había secado la boca.
Alzó el rifle unos centímetros.
—No te muevas.
Fue la primera vez en once años que sentí más miedo de una persona que de un animal.
El puma macho se adelantó entre la maleza. Se plantó a tres metros de los hombres y soltó un rugido tan profundo que retumbó en el pecho. Las ramas vibraron. Los pájaros levantaron el vuelo en bandada por todo el claro.
Los dos hombres se quedaron paralizados.
El que cargaba el alambre retrocedió primero.
—Vámonos.
El otro dudó una fracción de segundo. Una de las pumas hembras corrió hacia ellos. No llegó a atacarlos. Se detuvo justo en la línea que habían cruzado.
Eso fue suficiente. Los dos hombres giraron y corrieron entre los árboles. Se oyeron las botas golpeando el suelo, las ramas partiéndose, los jadeos. Una de las pumas los siguió un tramo corto.
Yo no esperé a ver cómo terminaba. Retrocedí despacio, sin darles la espalda, hasta que la vegetación me tapó. Solo entonces corrí. Llegué a la camioneta, abrí la puerta con las llaves temblando en la mano y me encerré. Me quedé un minuto entero con la frente sobre el volante, viendo mis propias palmas mojadas de sudor sobre el plástico.
Apreté el botón del radio.
—Aquí Valentina. Que me escuchen todos.
La voz de Tom, el coordinador, sonó al instante:
—¿Qué pasó?
—Encontré un puma cachorro en una trampa —dije—. El alambre no estaba abandonado.
El silencio del radio duró tres segundos.
—¿Hay alguien contigo?
—No. Pero ya no están.
Llegaron los agentes de la reserva en menos de una hora. Eran cuatro, con dos camionetas y un perro que no paraba de jalar la correa. Cerca del claro encontraron lo que yo no vi: tres trampas más, una hielera con cebos, una camioneta Toyota escondida en un arroyo seco y una lona con manchas de sangre. A los dos hombres los agarraron intentando salir por el camino viejo.
Uno de ellos traía el rifle desarmado bajo el asiento, como si eso lo salvara de algo.
Cuando vinieron a tomarme la declaración, un agente joven se me quedó viendo.
—¿Quieres presentar cargos?
—No —dije—. Quiero que les quiten todo. El rifle, la camioneta, los permisos, las licencias. Que no vuelvan a poner un solo alambre en esta reserva.
Metió la solicitud en una carpeta azul, misma tarde.
A la mañana siguiente, regresé al claro. Caminaba entre dos agentes, pero el frío de las seis de la mañana me daba de lleno en la cara. Llegamos al lugar de la trampa.
No quedaba nada. Solo el alambre roto, tirado entre la hierba seca y unas cuantas plumas. Los pumas se habían ido. Ni el cachorro, ni la madre, ni el macho de la cicatriz.
Me paré en el mismo punto donde los vi por última vez. No sé cuánto tiempo pasé ahí.
Uno de los agentes, un veterano que se llama Héctor, me tocó el hombro con la punta de la linterna.
—Le salvaste la vida a ese puma.
Me agaché, recogí el alambre partido y lo doblé en la mano. Pesaría unos trescientos gramos. Se lo enseñé y lo metí en la bolsa del pecho de mi chamarra.
—No, Héctor —le dije—. Yo lo solté. Ellos me salvaron de dos hombres que cargaban un rifle y un rollo de alambre.
Caminamos de vuelta a la camioneta. El alambre pesaba en mi bolsillo. Desde ese día lo guardo en el tablero, enrollado, para que nadie en el campamento olvide qué hay escondido en los claros que nadie revisa.