Un hombre esperaba en el pasillo de la funeraria en Kissimmee, Florida, con un vaso de café frío en la mano que nadie había venido a recoger.
Se llamaba Rafael Cintrón, tenía cuarenta y seis años y trabajaba de supervisor en un taller de piezas automotrices en Orlando. Su primo, Héctor, había muerto el martes anterior de un infarto, a los cincuenta y dos años, sentado en su sillón reclinable mientras veía un partido de los Marlins. Nadie lo encontró hasta el día siguiente, y fue Rafael quien tuvo que identificar el cuerpo porque la esposa de Héctor, Carmen, no pudo entrar a la sala.
Carmen tampoco le hablaba ahora. Llevaba tres días sin devolverle las llamadas, y cuando Rafael se acercó a saludarla junto al ataúd, ella apartó el brazo como si el contacto le quemara.
—Tú sabías que él no estaba bien del corazón —le dijo, sin mirarlo, con los ojos fijos en el arreglo de flores blancas—. Tú comes con él todos los sábados en el garaje. Tú viste cómo se le hinchaban los pies. ¿Y nunca le dijiste nada?
—Se lo dije, Carmen. Como cien veces le dije que fuera al médico.
—Pero no lo llevaste tú mismo. No lo obligaste. —Carmen se giró por fin, y en su cara no había lágrimas, había otra cosa, más dura—. Ustedes los hombres se sientan a ver pelota y dejan que el otro se muera despacito, sin decir nada.
El funeral fue el viernes. Carmen no le dirigió la palabra en toda la ceremonia. Y el sábado por la mañana, Rafael tocó la puerta de la Iglesia Bautista Nueva Esperanza, en Kissimmee, dos cuadras antes de llegar a la panadería cubana donde compraba pan de agua los domingos.
—Pastor Ortiz —le dijo—, necesito pedirle algo. Quiero que ore por mi primo. Que Dios todavía lo lleve a la salvación, aunque ya se haya ido.
El pastor Ismael Ortiz tenía sesenta y un años y llevaba veintitrés al frente de esa congregación. Lo hizo pasar a su oficina, un cuarto pequeño con un ventilador de techo que giraba despacio y un mapa de Puerto Rico clavado con tachuelas detrás del escritorio. Le sirvió agua en un vaso plástico, de esos que la iglesia compraba por caja en el Walmart de la 192.
—Cuéntame qué pasó —le dijo, y Rafael soltó todo de un tirón: el sillón, el partido sin terminar, el control remoto todavía en la mano de Héctor cuando lo encontraron, y después, casi sin querer, lo de Carmen. El brazo que apartó. Las palabras "dejan que el otro se muera despacito".
El pastor lo escuchó sin interrumpir. Afuera, un carro pasó con la bocina puesta, alguien celebrando algo. Cuando Rafael terminó, se quedó mirando el vaso de agua que no había tocado.
—¿Es verdad lo que dice ella? —preguntó el pastor—. ¿Sabías que Héctor hablaba de la fe?
Rafael tardó en responder.
—Una vez me dijo que quería venir a la iglesia conmigo. Fue hace como un año. Yo le dije que cuándo quisiera, que yo lo recogía. —Se frotó las manos contra el pantalón, como si tratara de quitarse algo—. Nunca volví a insistirle. Pensé que si de verdad quería, me lo iba a volver a decir él.
—¿Y no te lo dijo?
—No. Y yo tampoco se lo volví a preguntar. Tenía cosas mías, el trabajo, mi hermano que no me habla… Se me olvidó, pastor. Así de sencillo. Se me olvidó que se lo debía preguntar otra vez.
El pastor se quedó un momento con los dedos apoyados en el borde del escritorio.
—Rafael, dime una cosa. Si tu hijo está estudiando para un examen importante, ¿cuándo tiene sentido ayudarlo? ¿Antes de que entregue la hoja, o después?
—Antes. Eso ya lo sé, pastor. —Había un filo en la voz de Rafael que no estaba ahí antes—. Lo que no sé es qué hago con que ya se acabó el tiempo. Con que yo tuve la oportunidad y la dejé pasar como si nada.
El pastor no respondió enseguida. Dejó que el ventilador siguiera girando, que se oyera el rebote de una pelota de baloncesto en la cancha de la esquina.
—No te puedo devolver eso —dijo por fin—. Y no te voy a decir que no importa, porque sí importa. Lo que sí podemos hacer es orar por Carmen, por los hijos de Héctor, y pedirle a Dios que ponga en tu camino a alguien más antes de que también se te olvide con esa persona.
—Carmen no quiere ni verme.
—Eso también se puede trabajar. Pero no hoy, y no a la fuerza.
Rafael se quedó callado un rato largo. Pensó en su hermano, Junior, con quien no hablaba desde hacía casi dos años por un pleito de herencia que empezó con una casa en Kissimmee y terminó en gritos frente a un notario en Orlando. Pensó en su hija, que vivía en Tampa y a la que no llamaba tanto como debería.
—Junior —dijo, más para sí mismo que para el pastor.
El lunes siguiente, Rafael no fue directo al trabajo. Se desvió hasta la casa de Junior en Kissimmee —la misma casa del pleito, con la verja de hierro pintada de blanco que su padre había puesto hacía treinta años— y tocó el timbre. Le temblaba la mano, y no era por el café que no había desayunado.
Junior abrió la puerta a medias, con la cadena todavía puesta.
—¿Qué tú quieres?
—Hablar.
—Yo no tengo nada que hablar contigo. La última vez que hablamos me llamaste ladrón delante del notario.
—Lo sé. Estuvo mal.
—Y ahora vienes tú solo porque se murió Héctor. —Junior no se movió de la puerta—. No me vengas con eso, Rafael. No soy Héctor. Yo sigo vivo, y si tú piensas que te voy a abrir la puerta porque a ti te dio miedo la muerte de otro, estás equivocado.
Rafael no supo qué contestar. Se quedó ahí, con las manos vacías, mirando la cadena de metal que todavía separaba las dos mitades de la puerta.
—Tienes razón —dijo finalmente—. No vine porque me dio miedo. Vine porque me acordé de que a Héctor se le acabó el tiempo antes de que yo hiciera lo que tenía que hacer con él. Y contigo todavía no se me ha acabado.
Junior se quedó mirándolo. Pasaron varios segundos sin que ninguno de los dos dijera nada. Después, muy despacio, quitó la cadena.
—Entra —le dijo—. Pero no vengas a hablarme de Héctor. Vamos a hablar de nosotros.