Me llamo Daniel y tengo cincuenta y tres años. Trabajo en una clínica dental en El Paso, Texas, y hace ocho meses que no veo a mi padre. No es que viva lejos: su residencia queda a doce minutos de mi consultorio. Doce minutos con tráfico. Sin tráfico, nueve. Lo sé porque el GPS me lo recuerda todos los días cuando salgo del trabajo y doy la vuelta en la esquina equivocada, la que lleva a su edificio, y me desvío antes de que el teléfono me insista.
Mi padre no me pide visitas. Nunca lo hizo. Ni cuando mi madre murió, ni cuando vendimos la casa de la calle Copia, ni cuando le dije que no podía quedarse con nosotros porque el apartamento era chico y con los niños ya no cabíamos. Él asintió. Siempre asiente. No sé si es orgullo, costumbre o ese cansancio raro que les queda a los hombres de su generación cuando entienden que algo se terminó y no van a llorar por eso. Al menos no enfrente tuyo.
Mi hermana mayor, Lorena, vive en San Antonio y llama todos los domingos a las siete. A veces se queda media hora, a veces cuatro minutos. Eso lo sé por el historial del teléfono de mi padre, porque soy yo el que paga la línea y el que configuró los contactos rápidos. Mi hermano menor, Marco, está en Austin. No llama. La última vez que lo buscó fue hace dos años, cuando necesitaba el aval para un préstamo. Después, nada. Él dice que tiene su propia vida, y yo no tengo ganas de discutir. Bastante tengo con saber que mi padre, a sus ochenta y cuatro años, desayuna solo frente a una bandeja de huevo revuelto que ni siquiera se termina.
Decidí hacerle una visita un miércoles. Tenía un espacio libre a las diez de la mañana porque un paciente canceló, y pensé: hoy es el día. No prepare nada, no avisé, no llevé ni un pan dulce. Solo manejé. Nueve minutos. El estacionamiento de la residencia olía a tabaco frío y comida recalentada. Me abrió una enfermera que se llama Guadalupe y que me reconoció de las fotos: «Usted es el hijo de don Ramón, el de la foto del Chihuahua». Sí, le dije. No supe si eso era bueno o malo. Que una desconocida te reconozca por una foto en la mesa de noche de tu padre, eso te dice algo de cuánto tiempo llevas sin aparecer.
La habitación de mi padre es pequeña. Una cama contra la pared, una ventana que da a un patio de cemento con dos sillas de plástico y un árbol de mimosa seco. Sobre el buró, tres fotos: mi madre, mis hijos cuando eran chicos, y una del equipo de béisbol que entrenó cuando yo era adolescente. Yo salgo en esa foto, con uniforme blanco y una gorra de los Diablos de El Paso. Tengo catorce años y estoy sonriendo. Esa foto no la recordaba. Mi padre sí. La tiene más cerca de la cama que cualquier otra cosa.
Él estaba dormido. O fingía. No quiero pasar por el momento incómodo de despertarlo, así que me senté en la silla del rincón, junto al ropero, y estuve viendo la habitación. Había un crucigrama a medias en El Diario, un vaso de agua con una película de polvo en la superficie, y una cajita de madera sobre el alféizar. La reconocí al instante: era la caja donde guardaba los trofeos de la liga municipal. Él la hizo con sus propias manos, en el garaje de la casa de la calle Copia. Tenía un compartimiento secreto que solo se abría si empujabas la base dos veces hacia la izquierda. Lo abrí. Adentro estaba la medalla de metal que me dieron en 1991 por el campeonato estatal. No me la dio nunca. No sabía que la tuviera. Estaba pulida. No tenía una mota de polvo.
Me di cuenta de que mis ojos se llenaban de agua y me limpié con la manga de la camisa antes de que algo cayera. En ese instante mi padre abrió los ojos y dijo mi nombre. Sin sorpresa. Como si llevara esperando toda la mañana.
—Hijo —dijo—, pasaste por el consultorio antes, ¿verdad?
—Sí. Había un hueco.
—Qué bueno.
Nos quedamos en silencio un rato. En la habitación se oía el aire acondicionado y una televisión lejana con un programa de cocina que nadie veía. Le pregunté si comía bien, si la enfermera le daba los medicamentos a tiempo, si dormía. Me dijo que sí, que todo bien. Me preguntó por mis hijos, por mi exmujer, por el negocio. Le dije que todo bien. Dos hombres adultos, sentados a un metro de distancia, repitiendo que todo bien. Probablemente los dos sabíamos que era mentira, pero no había tiempo. Ya eran las diez y cuarenta. Tenía un paciente a las once.
Le dije que me iba. Él hizo el gesto de levantarse, pero le indiqué que se quedara acostado. Me agaché para abrazarlo y sentí su mano sobre mi espalda. Pesaba menos de lo que recordaba. Dejé la medalla otra vez dentro de la cajita y cerré el compartimiento con las dos pulsadas hacia la izquierda, sin que él lo viera. Tal vez no era el momento.
Saludé a Guadalupe y salí. En el estacionamiento me quedé parado dos o tres minutos mirando el llavero del carro. Una paloma se estaba comiendo algo en el alféizar de la ventana de mi padre. Hacía calor. Sonaban las ambulancias en la avenida Dyer.
En el semáforo de camino al consultorio, llamé a mi hermana Lorena.
—¿Lo viste? —preguntó.
—Sí. Está bien.
—Qué bueno.
—Lorena, ¿tú sabías que el papá guardaba mi medalla del noventa y uno?
Silencio.
—Claro —dijo—. Se la quiso llevar el Marco una vez y no lo dejó. Dijo que era tuya.
No supe qué contestar. El semáforo cambió y yo estaba llorando otra vez. No de tristeza, creo. De algo más chico, más profundo. Como cuando te enteras de que alguien te estuvo cuidando toda la vida y nunca pensaste en preguntárselo.
Llegué al consultorio diez minutos tarde. Mi paciente, un muchacho de dieciséis años con brackets, me preguntó si estaba enfermo porque tenía los ojos rojos. Le dije que era la alergia al polen. Siempre digo lo mismo.
Esa noche, antes de dormir, agendé una alarma en mi teléfono: «Visitar a papá» para el miércoles siguiente a la misma hora. Y luego agregué otra para el jueves. Y una para el sábado. Las puse todas de golpe, sin pensar. Como quien paga una deuda de una sola vez para no acordarse de ella.
El miércoles siguiente llegué con donas de la panadería La Frontera y dos cafés de la gasolinera. Mi padre me estaba esperando con la cajita de madera sobre las piernas. La había sacado del alféizar. No dijo nada, solo empujó la base dos veces hacia la izquierda, abrió el compartimiento y sacó la medalla.
—Esta es tuya —dijo.
—Ya lo sé, papá.
—Pues te la iba a dar cuando ganaras algo mejor.
Me reí.
—No gané nada mejor.
—Ganaste hijos —dijo—. Eso es mejor.
Me quedé callado. Afuera, en el patio, un carro de la residencia arrancó con dificultad. Alguien bajó con un mariachi en el celular y la canción se alejó por el pasillo. Nosotros estábamos ahí, los dos, con una medalla de 1991 entre las manos. No era un regalo caro. Para mí, en ese momento, era el mundo.
Antes de irme, saqué mi teléfono y cambié el nombre del contacto de mi padre en la agenda. Antes decía «Papá». Lo dejé igual. No sé por qué hice eso, fue un impulso. Lo que sí hice fue instalar una aplicación para videollamadas en su teléfono, activarle el sonido y subirle el brillo. Le mostré cómo usarla con un botón grande. Él asintió, como siempre, pero esta vez sonrió. De verdad.
—Hijo —dijo cuando me iba—, no me prometas nada. Nomás ven cuando puedas.
No le prometí nada. Solo le dije que el siguiente miércoles llevaba a los muchachos.
Y lo hice. No fue perfecto. Mis hijos se quejaron del calor, el chico del GPS nos mandó por la salida equivocada y mi padre les contó tres veces la misma historia del campeonato del noventa y uno. Pero fue un buen miércoles. Uno de esos días que no se publican en ningún lado, pero que se quedan contigo para siempre.
Ahora tengo una alarma que suena cada miércoles a las nueve y media de la mañana. Dice solo una palabra: «Papá». Y la apago solo cuando ya voy manejando hacia su edificio.